El Alto

Chela de Ferrari – Perú

Nuestro año de Hamlet

El trabajo colaborativo entre actores y directores artísticos para poner en escena la obra Hamlet en el Teatro La Plaza, fue un logro no solo a nivel escénico sino sobre todo a nivel personal.

Una imagen fija de Hamlet. Un artista parado en un escenario frente a un sillón verde azulado con una camiseta amarilla y jeans azules, con una corona de aspecto pesado sobre sobre su cabeza. Están de cara al público con la boca abierta, como atrapados en medio de un grito apasionado. Detrás de ellos hay una gran pantalla llena de múltiples representaciones de actores Shakespearianos de películas y teatro.

Interesada en las obras de Shakespeare, Hamlet aparecía como posibilidad cada vez que me enfrentaba a la elección de mi siguiente proyecto, y siempre la descartaba por la misma razón: no encontraba al actor para el personaje. Hasta que aparece Jaime Cruz. Jaime ha trabajado más de tres años como acomodador en esta sala, guiando a las personas a sus butacas y vendiendo programas, pero su verdadero sueño era presentarse en La Plaza como actor. Así lo comunicó en un evento interno, y a raíz de su comentario, lo invité a tomar un café. Él tenía el anhelo de actuar en La Plaza, y yo, de hacer Hamlet. El proyecto, tantos años dormido, despierta por las nuevas posibilidades que un actor como Jaime podría ofrecerle al sentido de las palabras de Hamlet.

¿Una provocación? Sin duda. Pero una que nos interpela con la gran pregunta: ¿ser o no ser? ¿Qué implica ser para personas que no encuentran espacios donde se los tome en cuenta? La propuesta pretende cuestionar los mitos construidos en torno al síndrome de Down y replantear la pregunta que Hamlet formula frente a la existencia.

Tradicionalmente, el peso del personaje recae en la figura icónica de un gran actor. Esta versión está compuesta por ocho intérpretes. Siete actores con síndrome de Down y una actriz con discapacidad intelectual. El mensaje de un individuo pasa a ser enunciado por un colectivo.

Durante el proceso de creación surgieron estas preguntas: ¿es posible que personas con dificultades cognitivas puedan acercarse a la complejidad de Hamlet, a sus preguntas existenciales, y conservar sus aspectos esenciales?, ¿hasta qué punto tienen los actores de esta versión la necesidad de enunciarse por medio de la obra?, ¿es necesario que así sea para que el proyecto tenga sentido?, ¿podrán apropiarse de la obra y generar mediante Hamlet sus propias narrativas? Con respecto a estas preguntas, hoy podemos decir que ellos y ellas han desarrollado, a partir del texto de Shakespeare, una narrativa propia. Por un lado, toman el sentido de las palabras de la obra como herramienta de cohesión. Por otro, hemos vivido ejemplos como el de Ximena. Una mañana irrumpió en medio de un ejercicio para revelar una angustia existencial que fue traduciendo en palabras ante todo el grupo: “Yo ya no sé quién soy. En las mañanas me levanto y me pregunto quién soy. Tengo dos vidas dentro de mí. Una vida que quiere ser neurotípica y una vida que quiere el síndrome de Down”. Podemos decir que tanto Ximena como sus compañeros se han apropiado de las palabras para darles un nuevo sentido.

Hay preguntas que dejamos abiertas: ¿es posible conseguir que convivan en un espectáculo la agenda de los actores, así como sus diversas preferencias estéticas o conceptuales, con la agenda del equipo de dirección?, ¿es posible encontrar valor en aquellas características que, de acuerdo con nuestras convenciones, definen una mala actuación? Me refiero a características como la dificultad para vocalizar, problemas de dicción, tartamudez pronunciada, tiempos que se dilatan, momentos en blanco y sobreactuación. ¿Podremos encontrar otras maneras de representar?

Los ensayos de teatro suelen tomar entre dos y tres meses. Hamlet nos tomó un año de trabajo, debido a que tanto mis procesos como los de los actores son más lentos que los de la mayoría, pero también debido a la naturaleza misma del proyecto. La obra se ha ido escribiendo en el proceso, para lo cual era imprescindible vivir con los actores un tiempo de exploración, investigación y búsqueda de material. La obra es un tejido entre el texto de Shakespeare y la vida de los actores. Tomamos prestados de Hamlet las escenas, las frases, los monólogos y los personajes que nos sirven para conectarnos con los intereses, reclamos, vivencias, realidades y reflexiones de los actores. Usamos Hamlet. Y lo hacemos con total libertad.

Hace un año, cuando preguntábamos a los actores “¿por qué haces teatro?”, sus respuestas nos desconcertaban: “Porque quiero ser famoso”. Hace un par de días volvimos a hacerles la pregunta. Sus respuestas fueron: “Para representar a muchas personas como nosotros”, “Para poder decir lo que pienso”.

De más está decir que cada uno de los que conformamos el equipo de dirección nos hemos enriquecido tanto o más que los actores. El intercambio nos ha confrontado con nuestra propia condición y con la pregunta sobre quiénes somos.

Imagen fija de Hamlet. Tres artistas están sentados en un banco de madera. Cada uno sostiene un trozo de papel blanco y lee en voz alta. Llevan el mismo atuendo: jeans grises con una camiseta gris. Grandes trozos de tela, rosa, dorado y azul, están colocados a sus pies.
Retrato en blanco y negro de un actor de Hamlet en el Teatro La Plaza, con gafas redondas y una corona en la cabeza. Él está mirando directamente a la cámara, con expresión seria y profunda en su rostro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imágenes tomadas de Hamlet, producida por Teatro de la Plaza, Perú. Registro fotográfico Teatro La Plaza.

Chela de Ferrari es la directora de teatro, fundadora y directora artística del Teatro La Plaza.